lunes, julio 17, 2006

Marzo de 1986

Los primeros días de clases de Marzo de 1986 no comenzaron como los años anteriores, en los que toda la atención se centraba en reencontrarse con los compañeros después de las largas vacaciones de verano, ese año además de lo anterior ingresábamos al colegio por primera vez investidos de un aire de madurez, estábamos ingresando a la media, a 1° Medio, recuerdo que nos toco la ultima sala del segundo piso, esa que quedaba junto al mítico ascensor que todos alguna vez intentábamos subir clandestinamente en los recreos.

Pero la ritual jornada de ingreso se vio alterada, en el patio, formados frente al pabellón, como era de costumbre comenzar casi todos los lunes de la semana cantando el himno nacional, ese con la estrofa de los grandes soldados incluida, se encontraban un grupo de niños que nunca antes los habíamos visto, vestían nuestro tradicional uniforme, el típico, pantalón gris, de esos que pican, camisa blanca y corbata, pero la azul y su insignia bien cosida al bolsillo de la camisa. Sus miradas no se percataron de nuestra presencia, estaban más preocupados de mirarse entre ellos. Yo desde mi posición, mientras entonaba el himno con mi voz algo gallística que me aquejaba por esos entonces, los miraba atentamente como cantaban también, pero con un poco más de entusiasmo que nosotros, recuerdo a uno de esos niños que con una posición exageradamente rígida y con la vista clavada en la bandará vociferaba la canción nacional, como nunca antes vi cantar a algún compañero.

Al poco tiempo supimos quienes eran, y rápidamente establecimos contacto, fue durante el aniversario, formando entre todos la alianza “ROMANOS”, que me hice amigo de uno de ellos, ahí fue que me contó que el fue elegido en su escuela para ingresar al colegio, que su papá trabajaba en la mina, que no tenia hermanos.

Fue durante ese año que durante una mañana de recreo, pasando junto al ascensor, vi al Guatón forcejeando la chapa para abrir la puerta que custodiaba al prohibido ascensor, yo iba pasando con mi nuevo amigo cuando justo la cerradura cedió, el Guatón nos miró con cara de complicidad – ”...apúrense suban...” – , la oferta era demasiado tentadora, ese ascensor nos atraía como clavos por un imán. Mi compañero ingenuamente entro en él, yo bastante más asustado de encontrarme de sopetón con algún Cura no subí. El ascensor se cerro y partió.

Terminado el recreó el Guatón no llego a la clase, el Guacho los había encontrado, y los fue a dejar personalmente a cada uno a su sala, sin no antes someter a cada uno al escarnio publico y aplicar la correspondiente galleta, previo aparatosos malabarismo de dicho adminículo corrector.

Durante las semanas siguientes seguimos encontrándonos en los recreos, en las clases de educación física rápidamente demostró sus habilidades para el fútbol y en las fiestas del colegio no vacilaba en ir a sacar a bailar a las niñas que se apostaban a los costados del gimnasio.

Hoy en día nos seguimos juntando, el ya tiene un hijo de 3 años, y debes en cuando nos reímos de las anécdotas del colegio. Al Guatón nunca más lo volví a ver, pero el galletazo que se comió todavía lo recuerdo.

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